Las cortinas del tiempo


La tarde lejos de ser la caricia de un verano joven, tenía la decadencia derrotada del campo recién segado. El silencio en la calle era de plomo, tan pesado que las campanas de la cercana iglesia ya no podían confundir el tañer con la prisa. A nadie convocaban, porque nadie acudía a su llamada. Acomodó el ritmo de los pasos al del bronce que brillaba en los cristales, moviéndolos hasta producir un zumbido de insecto.

Estaba sola en casa. En esa casa en la que todas las ventanas daban al sur, por eso bajó las persianas, dejando apenas un resquicio por el que junio anunciaba el silencio de muchas tardes que estaban por llegar. Corrió las cortinas con la mano, tal y como había visto tantas veces hacer a sus mayores. Lo hizo con garbo, con la segura determinación de que hay cosas que se deben hacer como siempre se han hecho.

El ruido rasgado de esa acción le trajo a la memoria, es decir le llevó en la distancia del tiempo, al momento preciso en el que sobre la alargada mesa de madera de la abuela alguien recogía con la palma de la mano una porción de algo, grano, arroz, lentejas… Así sonaba la vida cuando el tiempo se media en las campanas. Otra vez las campanas, los altos campanarios de la espera, los que anunciaban que quien había muerto comenzaba a despedirse. Sonaban así: tañido leve, silencio, gravedad, silencio y despedida. Así habían sido las mujeres de su familia, como el toque de muertos: leves, silenciosas, graves, acostumbradas a la despedida. Por eso, habían vestido de negro, por eso la alegría destacaba en todas ellas, como un claroscuro de fuerza y sentimiento. Fuerza y bondad.

“Somos de quienes nos han hecho”, lo había leído una vez y era cierto. Nos hacen nuestros padres, las amigas del juego, los maestros, aquellos a quien hemos amado y nos aman aún, los hijos, lo perdido, y aquello que ganamos y hemos repartido en el cariño a lo largo del tiempo. El tiempo que siguen descontando las campanas.
Ya enmudecidas, el silencio recogió la pesadez lánguida de las horas, se quitó los zapatos y la ropa. Quedo tumbada sobre la cama. La ventana entreabierta permitía que un aire tímido cerniera la cortina y le pareció escuchar un batir de alas. La tarde olía a fruta fresca, a ropa blanca tendida al sol, a sillas de anea, a cubos de zinc llenos de agua, esperando a la sombra, al aroma desacostumbrado de aquellos años en los que la prisa ni siquiera era necesidad, ni urgencia; tan solo era la vida quien decía qué hacer en cada instante.

Así se fue durmiendo, de cara a la ventana, mirando al sur, por donde vino todo. El sueño fue llegando tan despacio como el sosiego suave de la siesta en la infancia. Entonces se sintió protegida, segura, abrazada en la espera, resguardada en el fresco cuidado de aquel patio, donde todo pasaba, en la gran casa.
Una casa amplia, de escaleras angostas,  en la que todo estaba barrido y bien lustrado, las paredes muy blancas, la luz bien tamizada, las palabras tan bien escogidas que si no hicieran falta, bastaba con saberse acompañada. Los gatos que sabían siempre donde estaba y le buscaban.

Cuando era niña, todo sucedía pronto, porque todo era nuevo, las rutinas también, ellas son las que ahora nos dictan los recados, el cuidado, la lumbre del cariño, la costumbre que llamamos bondad hacia los nuestros.
La bondad es lo primero que percibe un niño, aunque cuesta acertar con la palabra. Ella sola comprende la ternura, el cuidado, la atención, la renuncia, el requerimiento del otro, la razón de cada sentimiento. La bondad es el aire que ayuda a que la felicidad desembarque en la vida de los demás. La bondad se cultiva a cada instante, mantiene viva la inteligencia más desarrollada, la que siempre es ayuda y permanencia. Entonces comprendió que sus mayores  hicieron de esa virtud un hábito constante que los convirtió en sabios.

Se acordó de la abuela, menuda y sonriente, presente en las ayudas, cercana en la alegría, cálida en la tristeza, oreando el alma de la casa, descubriendo en su vida todos los secretos que había comprendido a fuerza de ser fuerte y bondadosa.
A pesar de que tuvo que luchar tanto contra la vida como contra la muerte, tuvo el buen gusto de marcharse la última sin dar ningún portazo. Luego se fue la casa, la paciencia, la manera sincera de entretener la vida aprovechando todo, las canciones, los chismes, las hazañas del pueblo, la educación solemne de quien pudo mirar tan de frente al pasado, para seguir amando hasta marcharse. De aquel tocar a muerto ya habían pasado treinta años. Ella tenía la mayoría de edad por estrenar igual que el gran vacío que se le quedó dentro.

Volvieron las campanas, el sol se fue alejando, sopló el viento solano, aquel que tras la trilla, en la era, podía separar el esfuerzo del trabajo, sin confundir el sudor y la sed, el agua y el descanso, el futuro y el miedo.
Cerró los ojos para seguir pensando y una bocanada de aire nuevo inundó la estancia. Notó como el velo de la cortina le rozaba la mejilla, y sonrió. Ocurrió de nuevo y se giró dando la espalda al vano, sintió frío y al abrir los ojos con la intención de arrebujarse bajo la sábana, la vio.

Estaba tan cerca que al respirar profundamente olió la inconfundible mezcla de lejía y jabón que le habían dejado los dorsos de las manos tan suaves y tan blancos. Cada vez que la abuela sonreía, empequeñecían sus ojos y ganaban un brillo de ternura. Estaba allí, sin decir nada, con los labios cerrados y la mirada abierta desde el alma. Era ella, tan próxima y cercana como siempre, en ese siempre breve en el que pasa todo lo que es eterno. Le acarició de nuevo la mejilla con la misma delicadeza con la que el sol se despidió del tiempo. Ella ni siquiera pestañeó, se quedó mirando la distancia hasta quedar de nuevo sola y empezó a llorar por encima de una hermosa sonrisa.
Muy pocas veces el llanto es diferente. Ocurre cuando somos un blanco manantial que se deshiela por culpa del calor de nuestro infierno. Entonces es la sal de la esperanza  la que confunde el sueño con la noche, y tenemos constancia de estar tan solos, como vivos, y eso duele. Porque duele vivir y conocernos.

En la calle se oye, cuando nada, sucede, que llega otra presencia, que la aurora es un pañuelo bien planchado,  la vida una costumbre que se aburre, la vista una humedad, la risa; miopía, cuando no la ceguera de la ausencia.

Entonces lloras y le das la espalda a la ventana por donde llega la luz de quienes fueron sintiendo la orfandad de las distancias, en una ciudad nueva, sin campanas que anuncien el dolor en toques quedos. Y te quedas así, con los ojos abiertos, pero tienes el sueño, la música, el recuerdo, y el deseo, un nuevo libro y esa enorme ausencia que es la vida, cuando sabes que toda la verdad  es la caricia.

Aún nos quedan pañuelos en la piel, abuela, están bordados.














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