AQUELLA NOCHE EN LA QUE FUI SAN JUAN




Aquella mañana de junio, él volvió a madrugar como de costumbre. Justo a las seis, cuando se apagan las farolas de la calle. Despertó a su perro y comenzó el paseo a través de las vacías calles de la pequeña ciudad. Aquel no iba a ser un día más, tampoco uno cualquiera. Era 23 de junio y dentro de poco más de doce horas iba a presentar un libro en el que además de él mismo, participaban varios poetas más. Se trataba de un divertimento, al fin y al cabo la literatura, como el resto de las artes, es lo único que le permite al adulto seguir jugando.
Como cada día, en su Facebook había saludado a sus “amigos”, con dos textos que hacían referencia a la publicación.
“Hoy es el día, ya no falta nada. Presentamos un libro que tiene a Estella y a la amistad tomados de la mano y lo queremos compartir. Hoy es un día para felicitarse.”
Poco después, ella publicó en su red social un enigmático mensaje, que no parecía destinarse a nadie en concreto: “Hoy va a ser un día largo”. Él no fue capaz de relacionar ambos textos. Aparentemente nada tenían en común, entre otras cosas porque quienes lo habían escrito estaban separados por varios centenares de kilómetros, y entre ellos se alineaban siete provincias pertenecientes a cinco comunidades autónomas.
Fue un día de calor, en el aire liviano de un junio ya maduro, el verano comenzaba a señalar una forma más calma de medir el tiempo. En el escenario de los sentimientos ya había una atmósfera de silencio cálido que no necesitaba de palabras, solo de sabores. El ácido y dulce paladar del beso permanecía en la piel viva del recuerdo. Aún no había aprendido a morderse por dentro cuando el tiempo, la distancia, todas las despedidas y los amores rubios sonríen en busca de un mañana que amanece más tarde, cuando confundimos la espera con el sur.
El día era una memoria joven macerada y posada en esa tibia distancia que llamamos cariño y que se equipara al largo viaje en el tren de todos los veranos. Pero ahora es distinto.
Lo sigue siendo por siempre y desde siempre, porque el ahora sólo es un adverbio de tiempo caducado, cuando la palabra encierra las alas del recuerdo y evocamos el corazón en imágenes quietas, detenidas, enfocadas en un papel que empieza a heredarse despacio, muy despacio y que llamamos esperanza o recuerdo, depende del día que tengamos.
Así fue sucediendo la jornada, en un transcurso de obligaciones entre los calendarios y las horas, en el trasiego, pensando en los demás.



Se entretuvo en el libro, en colocar aquello que escapaba al orden de las páginas. Sin embargo allí no estaba todo. Hacía menos de una semana que el valor y la prioridad le trepaba por la espalda, igual que un arañazo de deseo. Ya nada era necesario, como no lo fue hablar de las tristezas, del dolor, la perdida, el engaño, la distancia, el silencio, el cuchicheo ronco de la radio, la voz de la conciencia tan lejana que parecía extranjera y que hacía años no era cierta. Entonces no lo sabía. Tardó en darse cuenta porque no hay transición, cuando se resucita, se deja de ser nada para sentirse todo. Precisamente eso: sentir, hacerlo en cada instante, cuando se habla o se calla, respirando el silencio, abrazando el encuentro, descuidado, sin ni siquiera sospechar que la alegría se acerca y el mundo se engrandece como un regalo nuevo que te ofrece la vida en su sonrisa.



Hacía, exactamente, una semana desde que inició el viaje en el que quiso encontrarse en las distancias, tomar aire, volver a conocer lo recordado. Escapó de sí mismo, con un libro bajo el brazo, y se saltó los charcos, la tormenta, la estancada agua que se crea cuando nada sucede, nada pasa.
Y cuando todo estaba decidido, ordenado, previsto, aburrido y concreto, llegó ella. Lo hizo como lo hacen las grandes tormentas; de improviso, desde el este, remontando la enorme distancia de la espera, febril, acelerada, radiante, con el sol en la frente, adelantando peregrinos, como una nube blanca que detiene la luz y se hace estrella, temblor, caricia en el abrazo, trueno y risa.
Y me empapé por dentro y por afuera, con la aguja enhebrada de la vida. Entonces fue cundo reconocí en la vuelta los dedales del tiempo, haciendo del pespunte, el mapa de mi sueño enamorado, eterno entre los hilos de una vida en hilván, cosiendo lo preciso.



Cosiéndome a ti. A partir de ese instante dejé de escribir en tercera persona, porque todo eras tú. Tú, como lo sigues siendo, la primera persona cuando vivo y escribo.
Por eso quise volver acompañado y abrazar, besar, agradecer, sentir, brindar, reírme y llorarme en los encuentros. Encontré en el futuro de todos mis pasados, un sentido, un saber, un comprenderme, me encontré en el regazo de tus ojos, en el recodo de la ancha escalera, en el roce furtivo del misterio, en la luz cegadora de tu muslos, en la vertiente clara de tus uñas, en la negra pulsera del regalo, en el rescoldo vivo de los huesos, en el sudor del sueño, me encontré sin buscarme. Tú me habías encontrado.



Luego llegó lo demás. Lo prescindible, pero también la risa, las lentas madrugadas, el paseo por encima del río, la sirena y su abrazo incontenible, el claustro del cariño, lo furtivo y la ausencia que siempre fue mentira. Aquella tarde en la bodega del tiempo, el calor me ascendió a la ancha escalinata de la iglesia. Empujado por la urgencia y el beso, sonrió el viejo campanario, y un reloj sin esfera le hizo un guiño a la tarde que se iba. En su adiós, sin apenas atisbar el recuerdo y su magia, llegaba la noche de San Juan. Si algo ardió lo hizo sin daño, ni dolor, ardió lo viejo. El rubio crepitar del nuevo fuego se subió al ascensor de la escapada. Huir, solo huir, fue necesario, como luego lo fue la íntima necesidad del tacto o buscar en las sábanas del tiempo el olor de la vida que nacía.
¿Huir? Jamás. Prefiero acompañar la risa, tu alegría, el dibujo soñado tantas veces en tu cuerpo abrazado con firmeza, pasear paralelos al río de la vida, y reír cuando los ciclistas pierden la prisa y se giran dos veces para vernos. Sonreír a la luz de la vida que te debo, agradecer que siga renacido.
Han pasado dos años desde entonces, y sigue siendo hoy, el mismo día. Con la misma ilusión, arborecido, iluminado en ti, reconociendo los árboles sagrados, sonriendo al abrir esos cajones en los que sólo tú sabes mis secretos.
De aquel libro hay en mis dos poemas algo de profecía que te anuncia. De otra manera no se puede entender que yo escribiera:



“Todo vuelve a parecer eterno…
como la primera caligrafía del deseo.
Hay un río que sabe llamarte por tu nombre.
En el agua nueva, en ese instante
caminan los espejos del mismo cielo
antiguo que nos mira…
Y no faltaba nada
que se echara de menos.”






Aquel día en vez de presentar un libro, comenzaba una historia.




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