La calle de los mil años




Como muchos sabéis, yo me he criado en el Camino de Santiago. Me llevaron a nacer a Pamplona porque en aquellos años es lo que tocaba, pero mi madre aguantó allí tan poco que, a los pocos días, me cogió en brazos y se vino en "La Estellesa" a casa, sin avisar a nadie.

La cara que puso mi padre al abrir la puerta y encontrarse a su mujer, con el bolso en una mano y a mí en la otra, tuvo que ser memorable. Mi madre era así: decidida, valiente y capaz de sujetar en un abrazo el futuro, el cariño de toda la familia y el calor del cobijo. 

Los que hemos vivido en La Rúa no nos vamos nunca, ni dejamos que se aleje el eco de su historia. Es algo que no tiene mucho mérito, porque cada día llega la vida sobre el mismo horizonte, sobre las mismas piedras, bajo el mismo aire y con la misma prisa silenciada; son los peregrinos.

Se trata de buena gente, acostumbrada ya a la cadencia, sabedores que el tiempo es solo un sustantivo y cada uno de ellos un adjetivo propio que se da a conocer en la sonrisa, el saludo, la sorpresa admirativa de mi calle.

Buen camino, decimos al pasar y ellos sonríen y saludan con el sol en la frente, con el aire de esta primavera empujando distancias; es gente amable que deja detrás de sus pisadas algo más que un eco repetido.

Algunos a eso le han llamado historia, otros costumbre, nosotros, simplemente sabemos que amanece por detrás de mi calle y que el sol se convierte en lo que es, la estrella del oeste que te ayuda a volver con otra luz en la mirada.. 

Y es así, aunque ahora solo quede medio camino de estrellas, porque antes eran dos: el de ida y el de vuelta. El primero iniciático como lo sigue siendo. Una ruta para irse muy adentro en busca de aquello que es importante, lo único importante. El segundo sirve para reafirmar y descubrir que la memoria se queda fijada solo cuando vuelves y el espejo de tus pasos es la misma dirección, pero en otro sentido descubierto.

Y así se van marchando peregrinos desde siempre, camino de las estrellas, a través de esta Estella en singular que es la vieja Lizarra eterna, paralela al río y a la vida.

Cada mañana, pronto, recién amanecidas las conciencias hago esos metros del camino francés que es La Rúa, la de los francos y las tiendas. 

La calle por donde vino todo, el pueblo y su alfabeto de veintidos letras, Aymeric, Gotescalco, el obispo de Ulm, la rabia franciscana de Pedro de Ollogoyen, la horca para Enrique de Londres, ejércitos huyendo, pastorelos y herejes escapados desde Albi, la imprenta, el Zohar, a veces la sospecha...

Y siguen llegando desde el este, caminando. Quizás sean los mismos otra vez. Ni siquiera ellos lo saben, lo sabrán al volver.

Gente desconocida que saluda y admira. Vienen desde lejos, muy lejos y se siguen mostrando próximos y cercanos, como esos amigos con quienes has quedado para decirte hola.

Un día de estos me voy con ellos. Ultreya.


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