En este abril


Como cada día, después de terminar con las cotidianas obligaciones se sentó en la esquina del sofá y suspiró con la misma calma con la que sus mayores hicieron lo mismo, en el mismo momento del día, después de haber hecho lo mismo, una y otra vez, desde hacía tanto tiempo como el que parecía haber discurrido desde que el paisaje era el que era.

Esta vez se quedó observando  el cuadro en el que los despreocupados ángeles de Rafael seguían mirando descuidadamente la vida de los demás, como si nada les importara desde que adornaron la tumba del papa Julio II. Aquel pontífice con su bula “Pastor ille caelestis” dejó expedito el camino para que la conquista de Navarra fuera un acto tan católico, como apostólico y romano. Desde ese momento, hasta el actual, solamente habían transcurrido quinientos siete años. Sin embargo ella solo iba a cumplir uno, un año más.  Poco antes de su nacimiento, el volcán Etna, en la isla de Sicilia, entró en erupción. Desafortunadamente nadie entonces, ni siquiera ahora, pudo enlazar ambos acontecimientos. Evidentemente quien salió perdiendo fue el Etna, aunque, desde entonces, ha intentado llamar la atención en numerosas oportunidades. Ella por su parte, no solo lo ha intentado, sino que lo ha conseguido pero sin haber hecho propósito alguno. 

Esa sigue siendo una de sus virtudes más admiradas. Consigue sin pretensión, aquello que precisa, con el único objetivo de regalar alegrías. Algunos lo han llamado generosidad, pero es mucho más, tanto que no existe definición hasta que no podamos nombrar  la amalgama que supone el cariño y la sinceridad en el calor de un abrazo de un junio suspirado. Algunos aseguran que eso solo es magia: ilusos y aprendices.

En todo caso, le esperaba otro año. Ella, en el magisterio que daba nombre a su residencia, había decidido mirar al frente, de la misma manera que lo hacían sus ansias y sus miedos. El temor, era un frío reconocido que anticipaba su visita habitualmente, formaba parte de la costumbre, de la misma manera que la impaciencia, la desconfianza, la expectación o la angustia. Esos eran los puntos cardinales de la vida desde mucho antes de que el tiempo cobrara la importancia que siempre, irremediablemente, evidenciaba.

Por todo ello, decidió unirse a quien era imposible derrotar. La estrategia había funcionado con la Navidad, las romerías, los cabos de año, la memoria y el insomnio. Sin embargo unirse al tiempo pasaba por asumir la velocidad como un vértigo hecho derrota. Pero así lo determinó y otra vez participó de su enemigo. En esta ocasión la apuesta entrañaba un riesgo extremo; aliarse con el tiempo era dejarse llevar hacia un territorio que nadie frecuentaba, del que nadie había vuelto. Lo había meditado, si con anterioridad y siendo la apuesta menos ventajosa lo había conseguido, ¿Por qué no ahora? ¿Qué podía perder? ¿Acaso un año? ¿Era el tiempo una necesidad acostumbrada?

Decidió asomarse a la ventana de la vida. Solo vivir podía permitirle la esperanza. A pesar de estar sola y de saberlo, esa es la soledad más cruel y oscura, determinó sonreír, mirar de frente, levantar la barbilla, abrir el día, caminar, afrontar, conjugar y conjurar, hinchar el aire como un globo capaz de suspenderse por encima del dolor y la fatiga, y volar con las alas extendidas, hacerlo a  mayor velocidad, y no mirar atrás. Sabía que los ángeles pacientes, extienden sus alas en la sombra, porque la luz solo ciega, no señala, porque lo fácil es ordenar, caminar es otra cosa y acompasar el paso, siempre es cosa de dos y a veces cuesta…

Ella brincó al verse viva, al cumplir, al sumar, porque sabía que el amor que todo lo divide, multiplica alegrías, divide penas, suma las profecías, resta miserias, adelanta cariños, mece presagios, vive de los cariños necesidades, evita precipicios, tiende amistades, hace de soledades mis compañías, columpia amaneceres, dibuja sueños, maceteros permite como luceros, ilumina sonrisas, recita versos, hace que de las taras surjan misterios,  tiene un silencio en la caricia del jazz bajo los atrios, es capaz de olvidar ángeles nuevos, de esconder las pulseras y los misterios.

Para que al final, suceda como si todo fuera un eco, nuevo principio, algo que se supone que llega quedo, despacioso, como escondido, como entregado, en una caja silente, guardando un genio y una flor como un sol que te protege.  Y todo vuelve a ser, lo que has decidido, feliz, como lo estoy por decidirte.



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