La mariposa blanca


Cuando la aplicación del móvil le comunicó que la mariposa iba a llegar entre el once y el quince de febrero, decidió abrir una disputa y reclamar los noventa y ocho céntimos de euro que había pagado por un adorno que pretendía colgar en el árbol de Navidad. Cada año buscaba un motivo diferente y original con el que coronar el abeto, que de manera invariable ocupaba la misma esquina del salón, desde que decidió que nunca más colocaría el nacimiento sobre la mesa de cortesía del zaguán.

Diez años atrás guardó el modesto Belén de barro, en una caja de cartón, bien precintada, embalada con el recio papel marrón que tenían los paquetes de su infancia y encordada con la liza recia que sellaban aquellas cajas que guardaban algo preciado e interesante. La sagrada familia, el descomunal buey y la no menos enorme burra, junto a los dos pastorcillos con sus seis cabras y la pareja de ángeles desportillados, esperaban, desde entonces, una modesta restauración que les hiciera dignos de rememorar la natividad del niño Dios.

Aquellas figuras debían de tener casi un siglo de historia. Ella recordaba que ya eran viejas durante su infancia, cuando su padre se armaba de delicadeza y colocaba con precisión de decorador de exteriores el musgo junto a la escena que iba a presidir la casa durante las dos últimas semanas de diciembre, y la propina generosa de los seis primeros días del nuevo año.  Desde entonces varias docenas de años se habían ido quedando viejos, hasta el punto de confundir los regalos recibidos con los hechos, y las anécdotas oídas con las sentidas.

Le molestaba más el hecho de tener que prescindir de la mariposa que la incomodidad de tener que procurarse un nuevo motivo con el que rematar el arbolito. ¿Para qué iba a  querer la dichosa mariposa en febrero? Si la hubiera utilizado para el Belén, aún podría aguantar hasta la Candelaria, que este año caía en el dos de febrero. Sobre todo en los pequeños pueblos del lugar hasta que no llegaba dicha festividad no se retiraban los belenes. Se trataba de una norma, no escrita y asumida por todos, en la que se desarrollaba con total normalidad un ritual que era el resultado del sincretismo de dos culturas y religiones: la católica, que remite a cuando la Virgen María llevó al niño Jesús al templo, y la paleocristiana, en la que se llevaban tamales a los templos para rendir culto a los dioses. 

La propia etimología de la palabra le había desvelado, en su curiosidad, una antiquísima pista. Candelaria es un nombre propio femenino, que tiene un claro origen latino, al provenir del latín candela, un vocablo que remontaba su origen a la voz candeo (candente, encendido), pero que derivaba de la raíz indoeuropea kand, cuyo significado es: brillar. El porqué de las palabras siempre había ejercido en ella una fascinación que intentaba razonar echando mano del estudio de las fuentes del propio vocablo, cuando no de una fantasía que le gustaba alimentar, como si se tratara de un juego de alquimia o de cábala anterior.

Mientras intentaba digerir el pequeño disgusto que le había provocado el escueto mensaje de la aplicación del vendedor chino, pensó en qué otro objeto podría ocupar el hueco dejado por la blanca mariposa que no llegaría a tiempo.

¿Qué adorno podría posarse en la rama más alta del abeto, en su lugar? Pero, ¿por qué había elegido este año una mariposa? Sabía perfectamente que la mariposa simboliza la ligereza, la inconstancia, y la imprudencia, pero a la vez es el símbolo de una elevada transformación, desde una oruga hasta una hermosa y ligera mariposa con la carga simbólica del alma y su elevado renacimiento.

Además desde la antigüedad se ha creído que puede desplazarse entre el mundo de los vivos y el de los muertos,  debido a la ligereza de su vuelo. De esta forma, al conectar ambos extremos, se cree que pueden transportar mensajes de un lado al otro. Incluso hay tradiciones situadas en los paisajes de la niebla que aseguran que las mariposas blancas poseen el alma pura e inocente  de los niños que mueren, por ese motivo se prohíbe su captura.

Al llegar a casa, buscó el ordenador portátil, y mientras calentaba agua para tomar una infusión de jengibre con limón, entró en la web donde había encontrado el adorno que ahora se le negaba. Abrió una disputa ante el vendedor y explicó, en castellano, que se sentía decepcionada por no recibir en el tiempo acordado el objeto que con tanta ilusión había adquirido. Reclamó la devolución de los noventa y ocho céntimos de euro, y de paso comprobó si las botas negras de media caña, con una cremallera sobre el empeine, que había comprado una semana atrás cumplían con los plazos previstos de entrega. En caso contrario se iban a enterar estos chinos. No obstante, todo iba según lo previsto.

En la cúspide del árbol no quería colocar ni una estrella, ni un angelito, ni mucho menos un Papa Noel. Había elegido una mariposa porque le gustó el guiño ecléctico que suponía, le resultó un detalle original muy por encima de la uniformidad de las bolitas, los renos o los paquetitos envueltos en papeles rojos y dorados. Siempre podía colocar una cinta de color plateado que fuera cayendo de manera elegante y descuidada, hasta terminar desvaneciéndose entre las ramas más bajas, pero la experiencia le decía que cuando intentaba encintar el abeto, terminaba amortajándolo o convirtiendo la conífera en el árbol del ahorcado.

Desechó esa idea, aunque no había tiempo para preparar con mimo una solución alternativa. Cansada, como estaba, después de haber discutido con su amiga Ana sobre el hieratismo de la expresión urquiziana en la didáctica renacentista, pensó que este año el arbolito no iba a disponer de ningún cimborrio. Además llevaba tiempo diciendo entre sus amistades que este año estaba “zen”. De nuevo su interés por el origen de las palabras  le sirvió para evocar que zen es la abreviación de zenna, que a su vez es la pronunciación japonesa de la palabra china 禪那 chánnà,  que proviene de la palabra sánscrita ध्यान dhiana, que significa “meditación”.

 ¡Ya está! Exclamó, como si hubiera tenido una revelación sobrenatural, un apocalipsis. Este año el chapitel arbóreo lo iba a ocupar un buda gordo y sedente. No se le podía haber ocurrido una mejor idea. Ella estaba zen, quería una imagen ecléctica y hasta cierto punto  provocativa y original. La solución era un buda, de esos gordinflones y sonrientes que tienen los ojos cerrados, una largas orejas y tres pliegues sobre el ombligo. Recordaba haber visto alguna de esas figuritas en el chino de la esquina, apenas cien metros calle abajo. Primero se haría con el Buda  y luego ya se las ingeniaría para sujetarlo en el extremo superior del abeto, para que no pareciera que estaba empalado.

Justo cuando iba a colocarse el abrigo para llegarse hasta casa Shu, entró su hija en la cocina.

-¿Dónde vas con tanta prisa?
-A por un Buda que me hace falta con urgencia.
-Vale, tú sabrás lo que haces.

Coincidiendo con el golpe de la puerta de la calle al cerrarse, sonó un aviso en el portátil que permanecía sobre la mesa de la cocina.
Marian se acercó a la pantalla y leyó el mensaje del vendedor chino que decía:

“Lamentamos que no pueda recibir a tiempo el artículo que adquirió recientemente. Procedemos de manera inmediata a reintegrarle su dinero.”

Junto a la comunicación aparecía una imagen de la mariposa blanca.

-No podía permitir que mi madre colgara de un árbol una mariposa blanca, dijo Rosalía.

Media hora más tarde,  Siddharta Gautama pendía ahorcado con un hilo dorado de la rama más alta del abeto, en un rincón del salón. Sonreía plácido en su nirvana.













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