Los celos: envidia,viento y sombra




Hacía más de un año que ella le había pedido que escribiera sobre los celos. De vez en cuando le sugería temas sobre los que explayarse. La primera vez simplemente le pidió un texto narrativo, algo que se alejara de la acostumbrada poesía que decía no entender, aunque meses más tarde él iba a comprobar como había interpretado correctamente cada verso, cada giro y cada juego estilístico que permanecían camuflados entre sus poemas.

Ninguna metáfora permanecía velada a su comprensión: lo árboles sagrados, los siete grados de deriva, las letras perdidas que dibujan el mapa de una calle y los tesoros del río, los silencios de oro y sus almohadas de sombra. Todo, absolutamente todo, estaba desvelado, de la misma manera que él lo estaba durante largas horas de la noche, cuando le despertaban las ideas y las redondas vocales de su nombre confluían en el primer saludo de la aurora, poco después de que dieran las seis.

Hacía muchos meses que no le resultaba necesario activar el despertador de su teléfono móvil, bien por costumbre, o porque había desarrollado una singular matemática para advertir el paso del tiempo. En cuanto abría el ojo, en la solitaria oscuridad templada de su habitación, apenas necesitaba un par de segundos para adivinar la hora. A menudo le ayudaban las tibias campanadas de la iglesia vecina, pero cuando no era así, solía afinar el paso del tiempo, como si paseara al lado de su sueño, cogido de la mano.

En sus ensoñaciones, de manera recurrente, aparecía el mar, no porque tuviera una íntima relación con él. Incluso aseguraba que en vez de tierra adentro, era de tierra seca, aún más del interior, próximo a aquel océano de cuero con el que Neruda había avistado los paisajes del verano de Castilla. El mar no le inspiraba confianza, ni siquiera sosiego, pero lo mismo le ocurría con el fuego, podía estar horas observando cómo variaban los azules de la llama que consumía el leño. Cada vez era más inusual contemplar el fuego, casi no había dónde hacerlo.

De la misma manera, la posibilidad de deslizar el tiempo de una tarde, rodeando el silencio del  mar envuelto en platas, era casi un milagro solitario, algo tan único como leer un libro en un velador de la plaza sin que nadie te interrumpiera.
El mar, el fuego, la lectura en la plaza, eran manías de una personalidad  arisca. Gracias a esta reflexión cayó en la cuenta de que era una persona solitaria, o cuando menos, era capaz de apreciar los destellos de esos detalles sin quedar deslumbrado. Aunque, a la par, él gustaba de una sobremesa de tertulia, de la compañía de quienes además de escuchar en silencio, son capaces de hacerlo respetar cuando tienen algo que decir y es apreciado. No, no era un hombre solitario, estaba aprendiendo a estar solo. Es en ese aprendizaje, cuando la reflexión se escapa de la prisa, la derrota y despliega sobre la mesa de escritura todos los colores de la idea. Las ideas que acostumbraban a desvelarlo por la noche, podían dibujarle el paisaje de un relato sobre el que, únicamente, era necesario sacar a pasear los personajes.

Un tiempo atrás, le asustaba el hecho de que quienes le leían, podían identificar algún protagonista o situación con su persona. Ese pudor le impedía escribir sobre el amor y todos los azules que tiene la compañía de esa palabra. Se escondía detrás de sus propias historias, fueran en prosa o no. La poesía le ayudaba a embozarse en la capa del verso, convertirse en un fantasma que apenas se advierte, le permitía vagar entre sospechas. Eso fue hace unos meses, cuando la maestra de la risa le pidió que escribiera sobre los celos.

La invitación le pilló de sorpresa, tanto que hasta este momento no había escrito ni una sola palabra. Sin embargo, muy a menudo, pensaba en ellos, en los celos. 
Al principio le resultó farragoso escribir sobre algo desconocido, aunque la magia cotidiana de la literatura permite, e incluso obliga, a imaginar territorios inexplorados, aunque estos pertenezcan a nuestro propio interior. Temió, entonces, registrarse los bolsillos del alma en busca de algo capaz de herir, de doler, de traspasar el daño y alcanzar a quien amas o crees hacerlo.

Por primera vez tuvo miedo de sí mismo, pánico, pavor de poder engendrar un demonio en apariencia trajeado, elegante como el amor, pero cruel y atormentado por los celos.

La ventana frente a su escritorio permanecía descubierta, no soportaba que la cortina tamizara la luz de un nuevo invierno. Alguna mañana se veía deslumbrado por la luminosidad que bañaba su estudio. Aquella era una luz llena de vida, abierta a la esperanza, ligeramente cálida, llegaba a abrir la ventana de par en par, para que el frío de diciembre envolviera la vida de la casa. A los pocos minutos, notaba que inspirar se convertía en un ejercicio salvífico que llenaba de energía su propio interior. Nunca había reparado en la calidad de esa luz hasta que ella se lo dijo. Desde entonces todas las ventanas permanecían libres de cortinas.

Fue así como comprendió que los visillos podían ser los celos que dejan pasar la claridad del amor, pero retienen la luz y su magia. Le inquietaba el plural, siempre en plural; celos y no celo.

Celo: cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo.
Celos:sospechainquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariñoponiéndolo en otra.

A lo largo de todas sus lecturas se había encontrado en infinidad de ocasiones con personajes que habían enfermado de celos. De entre todos ellos el más conocido sin duda alguna  “Otelo, el moro de Venecia”, víctima y verdugo en ese infierno.

Recordó que en EL CABALLERO DE OLMEDO, un personaje ofrece una definición interesante: “Son celos, Don Rodrigo, una quimera que se forma de envidia, viento y sombra, con que lo cierto imaginado altera, una fantasma que de noche asombra, un pensamiento que a locura inclina, y una mentira que verdad se nombra”.

La definición de Lope de Vega sigue siendo inquietante, pensó que se acercaba mucho a lo que él sentía: una quimera que se forma de envidia, viento y sombra.
Le gustaba más que la descrita por Cervantes: “Si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta.

Aquellas palabras de Lope, volvieron a resonar en su cabeza, “un fantasma que de noche asombra…”

Ocurría a menudo que cuando, como él decía, le despertaban las ideas, solía tomar notas en una libreta ancha que descansaba sobre la mesita de noche, junto a un lapicero. Buscó en las últimas anotaciones el rastro de ese espectro nocturno  que es un pensamiento que a la locura inclina, y leyó en voz alta lo que esa misma madrugada había escrito:

Así se anuncia el futuro, como una luz que nos invita a conocernos y crecer. Así te tengo yo: como el tacto escondido de un árbol y su ciencia. Porque todo en ti tiene el misterio y la magia de aquello que es primero. La luz y su conciencia, el aire evocador y azul de la almohada y su hada. El hechizo despierto del jilguero en el verano tibio, junto a tu hermosa mano que amanece caricias. Así celebro el día, la alborada que es la campana estrenando los saludos al viento de tu risa. Eres el sol, la edad y seis veces seis la dirección feliz de mi alegría. Como una cometa cuando cierro los ojos y te envío los besos, uno a uno, envueltos en el papel irisado de un nuevo día. Así es como quiero. Espero a que amanezcas.

El texto sin apenas correcciones lo había terminado a las 6:06 am. Tenía la costumbre de anotar la hora al final de cada poema, o de cada relato, no sabía muy bien porque motivo. Probablemente fuera debido a la presencia rutinaria de las campanas. Desde su casa se escuchaban las horas que marcaba la iglesia, el propio ayuntamiento y, a veces,  si el aire soplaba del norte, mucho más espaciadas, las campanas de la basílica.

Precisamente, en ese instante en el que releía las anotaciones, dieron las once, y empezó a llover. Con el lápiz entre las manos y acompañado por la cadencia del tiempo y de la noche, comenzó su reflexión sobre los celos. Aquella que la maestra de la risa le había pedido muchos meses atrás, y que estaba atenazada por el miedo. En ese momento reconoció que sus celos no eran sino envidia, deseo y distancia. Escribió.

Es viva y real la sensación de que hay algo que nos sigue sucediendo en el pasado. Por ejemplo la lluvia, el beso más sentido, la conciencia que nos ha hecho crecer a fuerza de fiarnos del amor en un futuro eterno, inaprensible.
Nos ocurre, de igual manera, con el cariño. Tiene éste una querencia en la memoria muy próxima a la nostalgia que incrementa el peligro. No digo que el hecho de querer resulte peligroso, pero sí lo es pretender que la melancolía vaga, encadene a esta realidad algo que ya no ocurre, ni cerca ni constante.

Esa enfermedad, que es incurable, vive en el pasado y sigue sucediendo. No existe vacuna, tampoco tratamiento, ni dispone de remedio, ni tiene solución que llegue desde afuera. Deshace el corazón y, a la vez, lo fortalece y sufre.
Todo aquello que es nuestro, como lo es el amor que sigue sucediendo en el pasado, nada tiene que ver con la memoria, sino con la necesidad de traer a este presente algo que representa la carencia de ser nosotros mismos. No es solo compañía.

Su ausencia es igual que  aquella pesadilla que regresa en la noche después de tantos años, y vuelve a ser tan real como el llanto y el eco de la infancia.
La pesadilla siempre sucede en el pasado y el pánico seguirá estando a nuestro lado. Pero el amor es presente, y duele si no está en las miradas. Porque todos sabemos que lo que nos ha asustado no es tan solo lo que estamos viviendo, sino lo venidero que se acerca; la amenaza.

Es entonces cuando temes quedarte sin salida, embarrancado, cautivo entre lo que ocurrió y esa incertidumbre rasgada que te araña los ojos.
La luz de esa pesadilla es la que vemos a través de una grieta que nos muestra el infierno. Y allí es donde viven los demonios, los tuyos y los míos, los de todos, donde hierven los celos, en mi caso el deseo de tenerte.

Son esas criaturas que alimentan la angustia, a fuerza de traernos del pasado realidades que aún necesitamos, las que nos hacen vulnerables y humanos, las que nos recuerdan, de forma permanente, que solo somos lo que los demás perciben de nosotros. Aunque tú estés restañando la grieta de mí infierno, aunque te eche de menos, aunque siga queriéndote, matando las envidias.

Continuaré percibiendo ese territorio y paisaje del ayer, dónde seguiremos viviendo con la caricia del sol después de que la lluvia nos haya despertado. Ahora sé que el miedo solo es la soledad, y el tiempo detenido. Eso y no otra cosa es el ayer. Yo, pienso en tu mañana y en hacerte reir.

En ese momento un viento silencioso agitó la persiana de la ventana, la luna se dejó ver entre las grietas de madera como una quimera que se forma de envidia, viento y sombra. Seguía lloviendo. Abrió el balcón para mirarle al invierno de frente y no vio nada, porque nada había.

Con los ojos cerrados recitó:

En cada caricia de la lluvia el color del carmín,
como una campana rota que me llama.
Hay un beso escondido en el eco con que callo tu nombre.

Juan Andrés Pastor