El uno de noviembre que tanto se repite


A quienes somos hijos de emigrantes la muerte y su presencia nos ha pillado lejos, no se hizo evidente hasta que abandonamos la niñez. Es así porque los familiares se nos morían a cientos de kilómetros, en un tiempo que nunca parecía presente. Entonces yo, aún confundía lejanías y realidades, creía que lo que pasaba a tanta distancia era menos importante que lo más próximo. Además nunca conocí a mis abuelos, ni a los maternos ni a los paternos. Estos últimos están enterrados en Estella-Lizarra a donde los trajeron sus hijos a morir, cuando alguien, en su Almansa natal, decidió que allí no iban a poder vivir.

Los padres de mi madre, descansan en La Mancha. Creo que unos y otros nunca llegaron a conocerse. Así que de la muerte de mis yayos no sé nada. De sus últimos años poquito: me contaron que mi abuelo Juan se quedó ciego y que mi abuela Ana se fue secando en una silla al quedar impedida, de su marido Antonio que fumaba sin descanso y que incluso pidió que en su ataúd le metieran, tabaco, mixtos y papel, que nunca se sabe. Y lo hicieron, por eso, porque aún no se sabe. De Isabel, la madre de la mía, no guardo ni siquiera una foto. Los recuerdos siempre son en blanco y negro, no tienen colores, solo luces y sombras, igual que los días de los pobres. Mis abuelos tuvieron la luz de sus hijos e hijas, pero detrás de cada luz, de cada llama, siempre hay una sombra que tiembla y que trae el frío.

Así que de repente se me vinieron muchos muertos encima. Estaban en las fotos, en la caja de lata, pintada de negro con flores bermellonas que aún guarda las memorias de quienes recordamos. Yo siempre preguntaba por sus nombres, me fijaba en los ojos y quería saber quiénes eran los que miraban de frente al objetivo, qué hacían con su vida aquellos que llevaban las boinas tan pequeñas, miraba muy asombrado la sonrisa serena de mujeres muy guapas, con el pelo ondulado. Muchos de esos nombres los he ido olvidando, no sus circunstancias. Había vecinas de la calle Méndez Núñez, jugadores de fútbol en la Glorieta, señoras que cosían y que eran menudas y afiladas. Y mucha gente muerta.

De los muertos en mi casa siempre se contaban anécdotas vividas y siempre, por lo tanto, al recuerdo se le cosía una sonrisa, cuando no una carcajada. Fue así como aprendí a ejercitar la memoria, muy pronto supe que recordar era muy similar a ser eterno. Lo que fue sospecha se convirtió en razón, por eso el corazón late en silencio si no lo escuchamos desde dentro.  En esos interiores de las cajas de lata siguen palpitando historias, sucedidos, los cálidos misterios de La Mancha, la fatiga del tiempo y su distancia. Ahora sé que a los emigrantes, nadie les puede robar el presente, el pasado no les importa y el futuro siempre será mejor que ese regalo. Son indestructibles y su memoria viaja en cajas de lata con flores escarlata en fondo negro.

Hoy es uno de noviembre y se aventan cementerios y tumbas, se orean las celdas cartesianas del olvido, hay un perfume viejo en los nuevos abrigos del otoño, plástico de colores hasta en las flores limpias. Hoy el agua bendita se apolilla y el día tiene un pliegue de antigua naftalina que nos duele. Se reza con desgana y hay un vermú con abrigos de pieles, perlas y charoles. Los zapatos brillan, hay tacones sin ritmo, no les dejan jugar a los pequeños, es un día para tenerlo todo limpio, también la conciencia y su pasado. Las flores blancas se asemejan a escobas en las lápidas, plumeros en los nichos, papeles que se firman a destiempo. Los ramos del remordimiento cuestan este año quince euros y en el centro de la flor, una diana, señala el corazón de la distancia.

Tardé mucho tiempo en ver el primer muerto. Entonces se les velaba en casa. Así comprendí la profundidad cavernosa que tiene un día de veinticuatro horas, con las horas pesadas, lánguidas, mecidas en la espera, aburridas de contarle las vueltas al oscuro reloj de la cocina. La vida siempre se ha cocinado a fuego lento.Había quien decía que era mejor no verlo, que así el recuerdo siempre estaría vivo y no boca arriba o “de memoria” que decían los mayores. A los muertos se les pone de esa manera: “de memoria”. Es curioso. ¿Qué van a recordar? Si todo ya es memoria. La que se llevan y la que dejan, valorada, inconclusa, con todos los secretos a la vista. Vestida con el traje del domingo, siendo un día de labor y madrugada. Se les velaba en casa, con la luz relajada que dejan las visitas, saludando familia, vecinos, convecinos, compromisos, lamentos, pésames de etiqueta planchada.

Mi primer muerto próximo fue mi tío Pepe. Era el único hermano varón de mi padre, mayor que él. Para mí el tío siempre fue alguien mayor que nunca estaba quieto. Era un hombre callado, socarrón, el primero que vino tras la guerra.  Luego llegaron todos, mi padre, los abuelos y todas las hermanas menos dos. Solo una se quedó en Almansa. La tía Josefa, la mayor. Se había casado por lo civil en los imprecisos años de la libertad. 

Luego le obligaron a pasar por la vicaría, el cura dijo bendecir el matrimonio, le purgó los pecados, le bautizó las hijas, le puso penitencias, la convirtió en culpable de su propia elección y a mi tío “Cañete” le condenó al silencio y a la amenaza del tricornio y de aquella camisa que tú bordaste en rojo ayer. Entonces el marketing del miedo se subió a las campanas de todas las conciencias, y allí sigue: bandeando amenazas, castigos infernales, los diezmos, el óbolo del olvido que siempre nos recuerda la misma parte, al lado de la espada hecha cruz, donde está la piedad de los ojos vacíos, en un valle caído, hundido, lóbrego, capaz de convertir la lágrima de la historia en goteras que recogen negros cubos de hierro; allí donde se gritan los vivas a la muerte.

Mis padres tardaron muchos años en contar esa historia. No supe de los tíos fusilados, tampoco de la cárcel, ni de los campos de concentración, ni de los maquis, hasta ser casi adulto. 

Yo lo fui desvelando, poco a poco, sin prisa, después de tanto tiempo las urgencias solo eran una larga sobremesa en la mesa camilla del inverno. Allí donde el brasero avivaba el rescoldo de una historia a la que no le dejaron ser más que un carbón; condenado a quemarse cada noche en la blanca cocina de un calor alejado, guardado en el silencio. También estaban muertos, pero no había para ellos ni flores, ni publica memoria, ni siquiera un responso, ni un poema que poder abrazar en dignidades. Los seguían matando, los siguen fusilando con las balas marcadas, como cartas de una partida que jamás se termina, con las cartas marcadas de una vieja baraja, con los reyes marcados, con las reinas marcadas, con los tronos de oro y el discurso vendido de la infamia, marcado a sangre y fuego.

Con el paso del tiempo me di cuenta de que la muerte se alejaba de las casas, que ya no se velaba, la muerte molestaba, ya no volvió a formar parte de la vida, la fuimos escondiendo, le pusimos horario. Ya solo se lloraba de 9 a 22 horas, había caramelos, pañuelos de papel, tisú, conserjes con chaqueta, libros de despedida para evitar saludos, y al final de la sala la muerte agazapada en un escaparate de gélido cristal, reluciente, aséptico y extraño. 

El primero en morir fue mi padre. Como no pudo ser de otra manera, se lo llevó febrero. Él se llevó en la solapa el oro, la sangre y el color del lirio. La enseña que 80 años antes ayudó a colocar en la torre del castillo imponente de su pueblo, cuando, con once de edad, cargó la caldereta de yeso para fijar en el aire la esperanza que solo les duro cinco años, antes de que todo se les viniera abajo. Mi madre, serena, dolorida y sincera nos ordenó ese día y lo dijo muy claro.

“Al papá lo quemamos, pero no se va a ir solo. Sacamos los restos de Isabel y los quemamos juntos. No quiero que se quede apartado en un nicho, solo, escondido en la sombra, únicamente con unas flores que se irán secando cada día. Nos darán las cenizas en una urna y las vamos llevando por los sitios donde hemos vivido, por Lizarra, Ordoiz, por Montejurra, las vamos a aventar en Almansa, en la calle del Campo, en la Glorieta, en San Lorenzo. Guardaremos unas pocas para cuando yo ya no esté. Cuando eso ocurra me juntáis con ellos y hacéis lo mismo. “

Isabel fue la primera mujer de mi padre, murió a los pocos años de contraer matrimonio y lo hizo aquí, en la misma calle donde ahora vivo yo, la calle de los mil años, por donde llegó todo, y por donde ella se fue a finales de los años cincuenta. Antes de morir le hizo jurar a Antonio, que se volvería a casar con una mujer de Almansa. Más de medio siglo después Llanos, los volvía a reunir. Aquella decisión me sigue conmoviendo y es el mayor acto de amor que he conocido.

A los dos años, mi madre se puso mala un jueves, fallecía un domingo. Durante todo el fin de semana estuvo consciente, apagándose levemente, muy poco a poco y reservando las fuerzas suficientes como para despedirse de familiares y amigos. Con todos tuvo una palabra, luego una caricia, más tarde una sonrisa, al final una mueca y cuando todo estaba hecho se marchó. Nos dejó esa sensación de sosiego y satisfacción que alguna vez hemos sentido cuando algo está bien terminado y no hay reproche alguno, si siquiera el lamento que es la flor de la pena. No la hubo, no cupo ni la pena, ni la resignación, solo una paz que yo nunca antes había percibido. 

Una paz que cada tanto me visita, como las dos veces en las que su viejo despertador TITAN, un cachivache de aquellos de cuerda y tic, tac mecánico, se puso en marcha a la misma hora de la tarde. Cuando lo cuento hay quien se asusta y echa la cabeza hacia atrás. Yo, sin embargo, avanzo el alma y me gusta pensar que ella rondaba la tarde y la merienda. Lo recuerdo y sonrío, porque aunque no creo en nada, sé que pasan cosas. Además, mis lugares siempre han sido, y son, un consulado abierto de La Mancha, y esa es una tierra en la que el paisaje es igual que su gente: llana, abierta, mágica, discreta y misteriosa.

Mi perro supo, antes que nadie, que la yaya se iba. Por eso antes de que lo irremediable se dibujara en las lástimas de los ojos vidriosos, de las palabras quedas, de las manos entrelazadas que ya nada sujetan, Jazz se quedó una noche a los pies de su cama, una mañana entera vigilando la almohada, una tarde serena respirando a su lado. Yo sé que el perrete se sigue despidiendo, olisquea, revuelve, se me viene, se va, me llama, se recoge, entra en su habitación, da dos vueltas, se tumba, busca y solo encuentra la mirada profunda desde abajo.

Entonces pregunta, como lo hacen los perros cuando hablan, girando la cabeza, estirando el hocico, plegándose la oreja. A la que me descuido me roba los pañuelos, aquellos que bordados en la esquina, dibujan una “J”, mayúscula y erguida. Entonces los conserva, los resguarda y protege entre sus patas, debajo justo de donde el corazón le late, los templa, los revive, les da el calor que falta, el que echas de menos cuando nada te sobra.

Hoy es uno de noviembre. No he ido al cementerio. Por no tener, no tengo ni flores en mi casa, espero alguna planta. Llegará desde el sur, de donde siempre han llegado las noticias, las buenas y las malas; en telegramas azules con acuse de recibo en horas de oficina, en llamadas al timbre del teléfono como un sobresalto anochecido. Hoy no, no es un día de flores ni plegarias.

A mis muertos me gusta verlos vivos, tenerlos en mi casa, hablar con ellos, reírme con sus bromas, cocinar arroz con caracoles, abrir la botella de vino de La Mancha, confiar en que no se me peguen las natillas. A mis muertos los guardo yo muy vivos, en mi casa, al lado del cariño. Les hablo cada día, les canto sus canciones, recito poesías que mi padre leía con esa voz de trueno que tienen los fantasmas que terminan riendo. 

hora mismo les huelo. He abierto el cajón donde están dobladas las sábanas de la cama grande. Están los jaboncillos envueltos en un papel preciso, el aroma del tiempo, el pliegue del recuerdo, la casa del silencio. Hay un reloj parado en la hora casual de esta frontera: en un lado la vida, en la otra el presente.