22/3/17

Toda la primavera de tu magia en un 22 de marzo, Gracias Nanés.





Le voy a llamar Nanés, porque haciéndolo así, él queda rejuvenecido y yo más, que para eso soy más joven. Además en su Estella natal Nanés siempre ha sido Nanés y no Juan Andrés.
Yo sin embargo nunca he sido otra cosa distinta a como me llamaron mis padres: Juan por el abuelo materno y Andrés por el santo patrón de esta mágica ciudad que nos habita.

Al final, tengo que reconocerlo, no conocí a ninguno de los dos, ni al abuelo, ni al patrón, aunque me parezco más al primero que al segundo. Gracias a Dios.

Pero a lo que iba; una mañana me escribe Nanés y me pide permiso para musicar un poema mío que tenía esbozado en estos sitios y le doy el permiso, el abrazo, la admiración, las gracias, la alegría y si me la hubiera pedido la receta alegre de las magdalenas que hace mi prima Pilar Megias Almendros, a quien de paso etiqueto y mando besos.

Le faltaba al poema algún ajuste de métricas y embrague, un par de versos más entre la marcha atrás (con perdón) y las luces de cruce o posición.
Y le mandé el poema sin título ni miedo.

Y aquí está hecho canción;macerado en el piano de su Pablo que es hijo y patrón de los arreglos imposibles, tamizado en la voz de Juan Andrés Lanz (de Nanés, para que nos entendamos), especiado en el vídeo con unas cuantas fotos del cascarrabias de Antonio Goñi Aramendia ...

Y yo que me he quedado con la boca abierta, respirando hacia arriba, levantando la vista, paralelo de estrellas....

Dice así, a ver si os gusta:

Amanece en Estella

El río de la vida, paralelo de estrellas
Por detrás del ayer las nubes son pañuelos


Despidiendo noches y campanas.
Sólo hay una noche y su tañido.



Nos queda del castillo ese cielo
encendido.



De las piedras,
la roca como un sudor perdido
y ese saber mirar de la montaña.



Es levantar la vista hacia el sur de la vida
y ver siempre la cruz, como una marca
arañando la nada sin memoria.
arañando la nada sin memoria.



Un bostezo de plata asciende por la vida.
La luz de este día visita la contienda.
Es verdad que amanece.

Y la luz asciende.


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Los versos son míos, la magia de ellos, espero que el gusto para todos.
Hoy, como algunas mujeres, he amanecido dos veces a la vida.
Has puesto, en este 22 de marzo, toda la primavera de tu magia.
Gracias Nanés y Pablo.
Emocionado.

https://www.youtube.com/watch?v=SPW5EHfC-iE

12/3/17

LA VERDAD.

A veces yo mismo me pregunto qué es la verdad y entonces sé que la pregunta es un pájaro que vuelve cada tanto con una rama fresca en el pico. Pero el ave siempre regresa a la jaula de la sospecha, porque eso es la duda sin respuesta; una jaula con la puertas abiertas mientras afuera llueve y hace frío.

Por eso sabemos que la ignorancia tiene un calor cómodo y la mentira un nido calentito.
Pero a mí, aunque tengo vértigo, siempre me ha gustado volar sin saber de las distancias y de las alturas, cuanto más; siempre mejor.

Mi madre se reía cuando salía a rebuscar entre todas las preguntas la verdad. Yo tenía la impaciencia certera de quien sabe que la prisa se justifica desde edades tempranas y aunque no fui hiperactivo si que me comporté con insistencia.

De pequeño no buscaba razones sino explicaciones, luego el tiempo me quiso robar las primeras a cambio de las otras y no me dejé. Así me fue, aunque a ellas peor; (a las segundas).

Quizás la verdad sea ese pájaro que no vuelve a la jaula de la razón y si lo hace encuentra la puerta cerrada. No lo sé, pero os juro que tengo en mi terraza una jaula de alambre con la puerta entreabierta, el alpiste esperando y un poco de agua para la sed del vuelo.

Un vez, era invierno, vi detrás del cristal un gorrión que se iba del alpiste y el agua. Pensé en la verdad, la pregunta y la sed y me quedé mirando el aleteo, como una despedida sin recibo de entrega en la memoria....

Una música sonaba en la cocina. Desde entonces cada vez que la escucho se que en el aire de todas las verdades el vuelo de la voz de esta mujer sigue siendo verdad y la sed no le puede.
Para ti Mercedes, agradecido y volando en tu voz. Eternamente.




22/2/17

Se nos ha muerto Juan Satrústegui

Se nos ha muerto a todos, porque en él teníamos la memoria de una ciudad que dejó de existir conforme nos la fue describiendo en sus relatos costumbristas. Aquellos que aclaraban conciencias, intenciones, amores y el cariño a la palabra comprometida que nunca escondió.

El viejo Juan se ha muerto cuando iba a cumplir 98 años, un joven de esa edad que siempre fue capaz de hablarle de tú a la realeza y tratarle de usted a la conciencia.
Porque sí algo tenía este hombre era educación y esa elegancia decimonónica de un liberal en tierra comprometida. Juan le cantaba las verdades al barquero y se reía hacia fuera cuando su risa era capaz de alegrar la concurrencia. Cuando no, era un carraspeo debajo del bigote y aquellos ojos pequeños le brillaban con el carbón del ideal que siempre ardía.

Satrústegui fue anarquista enrolado a la fuerza en las tropas de Franco, socialista después, para sobrevivir en dignidades que no eran costumbre en estas tierras. Fue cronista, la voz y la gaceta, un hombre de chiquitos y grande en los abrazos. Tan grande que tuvo que subrayarse la sonrisa dos veces. Una debajo del bigote hecho paréntesis y otra tras la boina ladeada, bien plantada y serena; capaz de hacerle sombra a las mentiras.

Fue pintor y amigo de pintarle la cara a quien mintiera, poeta de brocha gorda porque su rima fue siempre la de Estella y sus piedras, porque para detalles él tenía amistades que elegía y quería.
Por eso fue mi amigo y le quería. Tenía un año más que mi padre, el mismo ideal irreverente. Era capaz de regalarle un cuadro a ese mendigo que decía a escondidas que "pa pintar así ..." pues te lo quedas. Eso lo vi yo en la casa de cultura, donde me daba la paga algún domingo.

Luego con los años me venía a la radio a saludar: "El saludo del viejo Juan" y decía lo que le daba la gana porque ya tenía esa edad en la que todo importa menos las consecuencias.
Recuerdo que una noche de viernes nos echaron a los dos del Trovador, no era de noche que era madrugada. No pagamos la entrada. Saludamos corteses al portero y nada más bajar las escaleras, a la izquierda, siempre a la izquierda, derechos a la barra: yo mi cerveza de siempre, él su rosado bien frío.

Y dice el camarero sorprendido:
-No hay rosado.
-Clarete?
-No es lo mismo?
Me mira, se atusa gravemente la boina y sin mirarme me dice:
-Vámonos.
y que nos fuimos, las tres de la mañana y a casa sin la espuela.
"Es que si no hay rosado no hay nada. !Ni vergüenza!
A dónde vamos a parar!

Y tenía razón, porque el cariño estaba en los detalles.
De entre las cosas escritas que le guardo a Capirucho nos cuenta en uno de sus primero libros, y ya termino:

"A la hora de lidiar, los toreros lanzan su brindis dirigiéndose a una persona escogida, bien una amistad, un personaje, una bella mujer o al público en general. Esta dedicatoria, este brindis, lo dirijo a toda persona que ama a todo y todos, sin fronteras, ni límites, ni colores; a todos los que se sacrifican por los demás sin ánimo de lucro y a cuantos, movidos por un ideal, son capaces de sufrir las mil fatigas, como aquellos viejos peregrinos que impulsados por la fe, convergían en la Ruta Jacobea haciendo del sendero el Camino de Europa."

Juan Satrústegui descansa convencido y querido.
Te echábamos de menos hace un tiempo, amigo, buen amigo.
*Foto del amigo Julián Ruiz Bujanda


No escribí nunca un poema a mi madre.



Una de esas cosas que hago para darle la razón a mi madre, cuando me decía riendo:
"A ti solo te interesan esas cosas que no sirven para nada"
Y la mujer tenía razón en decirlo y en reír.
La recuerdo mucho y siempre con agradecimiento y bondad.
¿Y a mí? ¿A mí cuando me vas a hacer un poema?
La pobre no sabía que el poema era yo y que aún se me caen los versos por las mejillas.
A mi madre. A Llanos.


http://www.ivoox.com/podcast-se-charcos_sq_f1226048_1.html


16/2/17

Otro Febrero.

Febrero tiene en sus dos “erres” el sonido del hierro y la amenaza. Así viene ocurriendo  en mi familia desde que puedo mantener en la memoria la cálida humedad de las lagrimas que mi madre no sorbió nunca y dejaba correr por su mejilla y la mía, entre los besos del consuelo.

Febrero es un invierno reducido, con viento, con nieve y noticias de las que no se habla más allá del cristal humedecido del recuerdo. No es cierto que la memoria nos guarde solo sonrisas y colores, calor, el sol y esa bienvenida agradecida que llamamos infancia. Eso es mentira. La memoria nos curte, nos aja, tiene en la cicatriz ese picor que el tiempo no serena y que a veces te llama desde adentro. Porque la sangre se acuerda de los tiempos, los cuenta o los descuenta según sea lo que corresponda a la vida o a la muerte.

Febrero traía telegramas azules y una firma temblada en el recibo. Un cartero con zurrón repleto de noticias de las que sólo una era la tuya, y solía ser mala. Siempre lo era. Pero eso fue al principio cuando el regazo del tiempo descontaba caricias desde arriba, y el dorso de la mano materna era un terciopelo puesto del revés, como el pañuelo húmedo y caliente que limpiaba la sangre de los niños.
Así llegaban las noticias. Febrero las traía en muy pocas palabras, porque entonces cobraban por escribir verdades y se ahorraba hasta en el sentimiento viajado.

“El padre ha muerto”.

Y todo era suficiente, porque nada bastaba. Así te ibas enterando del valor que tienen las palabras y también el silencio. A mí me lo contaron porque era muy niño y solo hay un febrero frío en todas las infancias: el mismo. El que anunció después que la tía Belén se había ido. El que puso en mi madre una prisa serena en la nieve helada de la calle, que solo le sirvió para caerse, llegar al hospital, perder la prisa, el viaje, ganarse seis puntos de sutura en la frente y en vez de regañina, esa mano arrugada sin dedales ni hilos con qué coser la pena, la distancia, el adiós y esa memoria que heredó en la casa de las mesas redondas, entre el Castillo y la Morería de todos mis agostos e infancias.  Es allí donde habita mi tiempo detenido.

Nunca viajé en febrero. Ese mes siempre me ha dejado en vía muerta, como esperando a que llegue lo que tiene que venir y siempre viene. Ese segundo mes de la esperanza nos ha dejado siempre convencidos de que la vida tiene un recorrido. De que da igual correr cuando no hay sitio para alcanzar otra cosa que ya tienes: ese miedo escondido en cada día. Da lo mismo que sean 28 o uno más, siempre es febrero.

El mismo mes que se llevó a mi padre y que tuvo la paciencia de avisar sus intenciones. Pero le salió mal. El abuelo, sereno, no se dejó engañar. Despachó con un chasquido de dedos al cura que vino a no sé qué y dijo; ¡humo!  Y el Pater se dio la media vuelta y se marchó, educado, advertido que estaba de ese descreído que era igual que yo, pero con 45 años de ventaja y que le voy comiendo. Cuando cerró la puerta Don Elías (porque ese cura tiene el Don que pongo en el respeto de todas las mayúsculas), mi padre y yo nos miramos un instante y él sonrió con esos ojos pequeños, irreverentes y rebeldes de una historia que le dio la razón de 90 febreros terminados y se fue. Sólo unos pocos días antes de terminar el mes.

Mi madre lamentó otra vez el mes y supimos que ella lo sabía antes que nadie. Mucho antes que él y que nosotros; porque una madre lo sabe sin que sepamos ni el por qué, ni el cómo, pero sí el cuándo. Siempre en febrero.

Es un odioso mes. No trae geranios, ni fines de semana compartidos, los relojes van solos, tiene vigilias; bacalao con tomate y las espinas del caldo en la sopa del viernes.
No había carnaval, ni ganas de tenerlo, bastante había con no volver a perder la compostura. En mi casa contaban que el carnaval de Almansa, el que mató la guerra, era bárbaro (esa expresión la copió mi padre de su cuñado Antonio, con quien estuvo tres años haciendo bombas entre el 36 y el 39, antes de que la fiebre les dejará a uno en Almansa y al otro en la distancia).

El carnaval de Almansa, el baile, el Principal, las Murgas, las guitarras, un amanecer de gachamigas, la matanza madura y oreando embutidos con cebolla, canelas y piñones, blancos, negros, morcillas, las guarras, lengua, perros, y ese saber mirar de la familia.

Otra vez ella: la memoria. Es a lo que estamos hechos por costumbre. Es lo que nos queda, lo que tendremos siempre, aquello a los que han echado mano los que se han ido. Porque siempre se van en una despedida gris con los pañuelos bordados  en iniciales blancas en el tacto y la mano del que está y se acuerda.

Y este año, otra vez y  una más, sólo ha esperado a jugarse una carta y contarnos a todos que tiene la baraja, la banca, los triunfos desde el as a la sota, las 10 de últimas, nos canta las 40. Y lo hace en febrero. No solo en el recuerdo.

Y se lleva con prisa y desleal a Ramón, sin una despedida, dejándonos callados, sin guitarra, sin tabaco ni abrazos, sin poder, ni dar, ni despedir, ni tener un porqué que discutir en una despedida tan cruel y tan corta en este febrero frío, otra vez viendo amanecer y esa nada infinita que nos mira. Con esas ganas de borrar los signos de puntuación de todos los poemas que has leído en invierno. Pensando que las hojas del viento son solo versos y nunca las personas que los hicieron suyos. Y no tiene febrero una música serena que te ayude. Porque febrero es el mes de todos los silencios.

Luego llegará marzo que es un viento que mueve sentimientos.

Hace unos días llegaba la noticia del ingreso de mi prima. Un tumor en el páncreas que es ese órgano escondido que ahora nos asusta. Y me dio por mantener mi odio en esta baza del juego que es el año. Hoy ha salido. Está en casa y se va a curar porque no hay mes en este calendario juliano que le pueda. Eso lo sé y lo sabemos todos: los 54 Almendros que ya hemos florecido en todos los calendarios de este mes sin rima ni misterio.

Además hace tan solo una semana ha nacido la nieta de mis primas Paquita y María Luisa, yo sé lo que me digo (Gutiérrez tú me entiendes). ¡Pastoras como yo!
En Elda lleva una semana de luz mi prima Sara, la que tiene por nombre el de la mujer de Abraham, dicen que sabia y guapa; la familia.
Enhorabuena Vero y José.

Y hoy, en este hoy de febrero, el día ha querido nacer a Yoel, el nieto de mi más que prima Pili, a quien estoy muy unido (Amable tú lo eres también, pero añadido).
Y vuelvo a tener ganas de mis primos. Gracias María e Iván. Pilar, Santiago, y esos pequeñajos tan listos que le hacen burla a febrero y al futuro.

Y yo que soy un descreído pero también sé leer, sé que algún día Yoel y Sara coincidirán en algún lugar que será nuevo, que no tendrá memoria, y no será febrero.

Y sé que alguien con quien tendré algo que ver,  les va a presentar, y que ese alguien, tendrá una sonrisa cierta, sincera y espejada como la que tenemos tú y yo ahora, que somos unos moñas.

Porque hay momentos en los que nos gusta llorar. Pero de otra manera; puñetero febrero. Entre todos y todas te hemos derrotado. Por esta vez. Hoy es un siempre.


¡Tengo familia!

7/2/17

Roto


A veces todo se rompe en un instante.
Y entonces todo parece tan todo
que lo es.

No puedes agacharte a recoger trocitos
porque no hay nada.

Nada que hacer.
Nada que mirar.
Nada que pensar.
Nada que decir.
Nada.

Y te quedas así:
varado entre un océano infinito; 
frío y desolado y el barro 
del que estamos hechos
a fuerza de tormentas,
de saliva, 
de sangre, 
de dolor,
de miedo,

y hasta el amor te duele.

Porque todo esta roto.
Ahora ya lo sabes.

Todas las "erres" rotas.
Cuarenta y seis.
En una estación 
sin salidas, 
sin nada más 
que 
una 
vía
muerta
para 
siempre.

Con un viaje en la mano extendida
hacia la nada
y todo por hacer:
cuando nada hay que hacer.

Y todo, como dicen tres niños:
se ha rompido.

Y no hay nada
que hacer.

Esa nada infinita que te mira.....



3/2/17

UN REGALO MARAVILLOSO QUE ME HACEN


Qué sí que me han hecho un regalo que pa qué.
Ya os lo había dicho y, emocionado, como estoy, ha llegado el momento de compartirlo.
Hace pocos días subí a mi facebook una foto de la C/ La Rúa, de la que digo equivocadamente pero muy a menudo, que es mi calle.

Probablemente sea una de las calles más internacionales que he pisado y que conozco. En ella palpitan los ecos de la historia de Estella y sus caminos, el de Santiago, el de Sefarad y todos los de vuelta.

Paralelo discurre el río de la vida.
Tiene mi calle en cada sombra un hechizo y en cada luz un sortilegio desvelado.
De La Rúa hablo y no callo:

La calle;
la misma por donde vino el obispo de Ulm,
la que solo pudo soñar Gotescalco
y por la que vio su ultimo sol
Enrique de Londres antes de ser ahorcado.

La Rúa que vio las sombras de los Pastorellos
acompañados por cátaros y albigenses.

La Rúa que vio la sangre de los judíos del pueblo
y la risa oscura de Pedro de Ollogoyen,
370 años antes del éxodo aún vigente.

En esa calle aún,
el mismo sol
y aún las sombras:
la ausencia.

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A lo que iba que me quedo entre el Puente de La Cárcel y el Palacio y es un Aleph.
Puse una foto y mi amigos Agustin Satrustegui Maeztu (Kapi) me hizo una coplilla, a modo de jota, en lo que tarda un peregrino en darse la vuelta al pasar por la calle que quiere volver a ver, desde dentro.
Ni perezoso ni corto, porque es largo y activo, Agustín le mandó la letra a un peraltés jotero y sonriente.
Alfredo Oses Babiano necesitó aclararse la voz a la altura de su arte y en ese carraspear le sale Navarra de par en par en su alegría.
Y he aquí que me han hecho una JOTA. A mí!
Y estoy emocionado y tan contento que la quiero compartir con todos vosotros y con ellos y con La Rúa y sus vecinos que son los míos, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Gracias!!!!!
!Allá va!

http://www.ivoox.com/jota-calle-la-rua-audios-mp3_rf_16779000_1.html


30/1/17

EL VIAJE DEL TIEMPO.



Todos los andenes de las viejas estaciones de tren los guardo en blanco y negro y por reducción los viajes de mi memoria también son monocromos.

Hasta las fotos de mi infancia lo son. En blanco y negro recuerdo los pupitres, el pan del bocadillo y los castigos severos de una monja mala. Hay una nota de color en las fotos de “Senda”, aquel libro de texto y de lectura con una hermosa foto en la portada. Una calle sin coches, con puertas y ventanas encaladas y una pared marrón, casi naranja que sin tocarla nunca, yo sabía que era rugosa y cálida porque siempre recogía el calor de un sol permanente.

La infancia también tiene el color rojo en las rodillas o el susto húmedo de un pañuelo manchado cuando se sangra a borbotones porque has olido el miedo y este se escapa por la nariz sin previo aviso.

Hablaba de los viajes y del blanco color de los adioses, de la noche oscura cuando duermes en la cabina de un tren que te atraviesa España de norte a sur y tienes un regazo que te acoge y que hueles todavía.

La aventura sí que tiene colores y la amistad también. Pasa muy poco, pero sucede que a veces se te aparece alguien y le da un punto de color a lo que pasa.

Hoy faltan pocas horas para que una amiga inicie su aventura, o al menos eso cree, porque ya ha comenzado mucho antes de ahora y de su entonces. Ella pintó colores hace un año.

Ahora va descubrir que ya conoce los trenes, el tiempo sin distancias, los olores del miedo, algún pañuelo blanco, el azafrán cálido de otras compañías que viajan junto a ella y cerrará los ojos queriendo recordar qué recuerdo le viene a este presente. Todo eso lo sabe, ahora lo tendrá.

Y lo tendrá en color, porque viaja hacia el este que es viajar contra el tiempo, el que todo lo puede y domestica. Pero mi amiga le lleva la contraria para llegar a tiempo antes de tiempo. Por detrás incluso de todos los relojes, ya ha estado antes, puntual y exacta, antes que yo en las citas de bar y de palabras.

Ella no lo sabe porque nunca ha resumido las miradas, ni lavado pañuelos de otras despedidas que no fueran las suyas, las que ella ha hecho, quedándose después. Haciendo del adiós corazones y de las tripas un sueño que no llega, ni esta noche ni otra. Las noches son en blanco cuando no pasa nada.
Pero ahora se va ella, o eso creo, porque se ha despedido a la francesa, haciéndose la sueca, prometiendo un adiós y dándonos una docena de dulces hasta luegos.

Dije que viaja al este, no lo tengo tan claro; los putos cardenales no son tan solo cuatro, pero hay que empezar y el cristal de esta brújula es nuevo y sin rallar. Habrá que darle tiempo, aunque conociéndola ella sabrá tomarlo como se toma el tiempo:
Con dos dedos de espuma, al aire de otra plaza, en otra era, donde sí se sabe aventar la parva y separar así el grano de la paja, aunque sin acertijos, ni historias de pueblo con ecos repetidos en todas sus callejas.

Ella viaja y otra amiga le acaba de decir que reme hacia dentro, porque tiene un tesoro y que no está sola. Le acompañan las canas que por canas son blancas, como lo es el cariño que se da porque sí, como una paga al final de la semana en una casa blanca de la infancia más blanca.

Total que se va. Me ha devuelto el libro que no pudo leer, que sucede en un pueblo pequeño de La Mancha, donde ella y yo sabemos que, aun siendo descreídos, pasan misterios por la calle sin bajarse de la acera, como si no pasara nada y sí que pasa:
Que se secan las plantas de la entrada para quedarse negras en la sombra, que hay voces muy tiernas que están cuando no hay nadie para dar confianza, que respiran recuerdos y en la cama de al lado la sabana más blanca está arrugada y caliente y… no hay tiempo ni miedo, solo el sol allá arriba, donde lo dejo la infancia en blanco y negro…

Me ha dejado también un sobre en b, que no voy a abrir nunca, jamás de los jamases, porque nunca es una palabra negra y tan fría que da un repelús de pájaro muerto en el radiador del coche que te aleja.

Y como ha de volver, porque ese y no otro, es el sentido de irse contra el tiempo y ya se habrá sorbido las lágrimas de invierno, más allá de bromas y turbantes; haz del viaje camino de ida y vuelta.
Y regresa sin resumir miradas, sonriendo. Como lo haces ahora, desde siempre.

El este es donde empieza todo, de donde llega todo.
Allá vas y nos llevas contigo y a colores que es como se flipa.