19/4/17

14 siempre de abril de 2017.





Harán leyes que prohibirán que el aire acune las banderas
y seguirán soplando las memorias en la cara de abril.
Prohibirán abril y será primavera el mismo tiempo.

Condenarán el color del lirio y de la sangre

y saldrá el sol redondo como una verdad amanecida.
Tendrán la ley pero será mentira.
Prohibirán llamar mentira a la mentira
y le darán la vuelta a los espejos
para no verse reflejados al revés 
y no podrán romper los miles de pedazos espejados.

Querrán callar todas las esperanzas,
ordenarán taparse los oídos
y el corazón trasmitirá el mismo latido acompasado
como un tambor sentido que se acerca.

Vetarán la memoria y no tendrán olvido ni canciones.
Harán nueva la ley a su medida, 
pero tienen costuras las mentiras.

Querrán que no se cuenten los 14 días de abril,
sin saber que ya los estamos descontando.

Hoy el aire viene por todas las esquinas 
a recordarle a la vida que está viva.

Hoy no es un día para poner la pena a media asta 

sino para alegrar conciencias, dignidades... 
Por ellos y por ti y por mi padre.

Va para ti el día Antonio. 
A ver quien puede prohibir que ondee tu mirada en los balcones!!!



28/3/17

A Miguel y a quienes le dejaron con los ojos abiertos y la palabra dada.

Hoy cumplimos 75 años sin ti. A tu memoria y tu verdad y a quienes no pudieron callarte.
Estando preso en la cárcel de Sevilla en 1939, Miguel Hernández recibe una carta de su mujer, Josefina Manresa, en la que le cuenta que ella y su niño de apenas ocho meses solo tienen para comer pan y cebolla.
Su primer hijo acababa de morir a la edad de dos años. El poeta escribe entonces las Nanas de la Cebolla, un poema desgarrador en el que el autor atraviesa diversos estados de ánimo relatados con melancolía, aunque sin resignación y esperanzado.
El padre dibuja al niño durmiendo así:
“En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.”
A su mujer llorando:
“Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.”
Miguel encarcelado no está preso de la tristeza, sus captores tendrán que dejarle morir para vencerle y es en ese momento, cuando encuentran la derrota. El pastor poeta ya les había ganado con antelación entre las risas de su hijo.
“Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.”
Desde Sevilla es trasladado a Madrid y gracias a las gestiones de Pablo Neruda es inesperadamente puesto en libertad. Regresa a su pueblo, Orihuela, y allí es nuevamente detenido.
Juzgado en Madrid es condenado a muerte y posteriormente le es conmutada la pena por otra de 30 años de trabajos forzados.
En septiembre de 1940 está preso en Palencia, en noviembre en Ocaña (Toledo). En Alicante comparte celda con Buero Vallejo. Allí enferma de bronquitis, luego de tifus, contrae la tuberculosis y fallece el 28 de marzo de 1942, con el cuerpo cubierto de llagas y sin poder hablar por culpa de una dolorosa infección de garganta que le ha dejado casi mudo.
Se cuenta que una vez muerto no fue posible cerrarle los ojos. Tenía 31 años. Su amigo Vicente Aleixandre escribe un poema en su memoria:
“Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.”
En 1939, en Valencia se había terminado de imprimir el poemario titulado “El hombre acecha” la guerra termina y el libro está sin encuadernar.
Una comisión depuradora de los vencedores fascistas presidida por Joaquín de Entrambasaguas decide destruir por completo la edición. Se salvan dos ejemplares gracias a los cuales éste se puede reeditar en 1981.
En este 2017 se cumplen 78 años de la primera edición del último libro de Miguel Hernández.
Poemas escritos tras tres años de guerra, de muerte, de barbarie.
En el libro hay espacio para el amor, la reconciliación, nunca para el odio, sí para una esperanza que lejos de salvarle la vida, le salvó la muerte.
Hernández nos dejó los ojos abiertos y la palabra en la boca.

Canción última
Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.
Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.
Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.
El odio se amortigua
detrás de la ventana.
Será la garra suave.
Dejadme la esperanza.
Miguel Hernández 1910-1942.
El hombre acecha.


27/3/17

"LAS CARRETERAS"


Ya os dije que algo, desde dentro, me empujaba a viajar hasta Almansa. Era como si me cogieran de las solapas del recuerdo y mirándome a la cara, los tres tiempos verbales, me dijeran que era por ayer, por hoy y por mañana.

El presente es una herencia que desde hoy sabe disfrutar el futuro.
Ante verdades de ese calibre no me quedó otra, y tan a gusto.
Mi dueña y yo decidimos lavar el coche, cambiarle una bombilla del faro derecho, ordenar tres o cuatro recuerdos, hacer memoria y respirar profundo.

Enseguida el primogénito se puso en cabeza de la avanzadilla, igual que un explorador Apache, con sus rastas, y ya tenemos la maleta cargada de ilusión con la alegría de 98 octanos llenando el depósito de agradecimientos.
Se me ocurrió señalar en mi face que estaba decidido y que nos íbamos al lugar donde la tierra y la sangre vendimian a menudo el vino compartido de la saga. Al lugar dónde sé que cada día, aún en este diciembre, florecemos los "Almendros" aunque llevemos años sin sabernos unos de otros y otros de algunos.

Y empezaron a "florecer" Almendros por todos los lados, como si se alistaran presurosos a combatir los olvidos y las afrentas de un tiempo en blanco y negro.

Almendros de todos los tamaños, con la risa repetida en los saludos y el calor de una lejanía que se achica, como si pudiéramos dejar en fuera de juego las distancias.

Hemos sumado primos, reprimos, requeteprimos, de ambos géneros y salen casi medio centenar. La cuenta es clara; a dos besos por barba cada uno, son cien ósculos multiplicados por 50, medio millar de besos a la vez en el mismo restaurante de otros primos. Un festival de abrazos, de preguntas, de risas, de más de mil recuerdos.

Lo de "Las Carreteras" es porque así les llamaban en Almansa a mi madre y hermanas. Porque el abuelo hacía viajes con su galera tirada por Palmira, la mula que una vez le salvó la vida en la puerta de casa, en Méndez Núñez. Ya os lo contaré en alguna sobremesa. El abuelo al que pocos conocisteis y que se murió ciego de tanto haber visto y esperar.

Me apetece celebraros los reencuentros y hablarnos del futuro que tenemos. Claro que habrá que honrar a los que faltan, pero eso lo llevamos cada uno. Al menos dos por barba, son más de cien recuerdos, multiplicados por 50, medio millar de agradecimientos compartidos en las fotos de la caja de lata que atesoro.

Os las desvelo:


De izquierda a derecha, Alicia, Belén, Llanos y su amiga Concha. La foto tiene por detrás una leyenda y la fecha 26-5-1943.

La siguiente. dos chiquillas que son Vicenta, la madre de los Píos y de pie Isabel, la madre de Santos.

Luego está Santos, el capo de una mafia de afectos y verdades ( la foto sino me equivoco está tomada en el patio de la casa de mi tía Belén un 20 de abril de 1961 el día en el que casaron mis padres).

La chiquilla con el vestido de volantes y las perlas al cuello es Encarna, la niña chica que murió con 12 años, la pequeña de todas.

Y faltan muchas más, habrá que hacer la lista: Pilar, Erótida, Elia, Amelia, Nicolás, dicen que también José y Benjamín...
Eran años en los que la esperanza de vida de un españolito era la misma que en tiempos de los Reyes Católicos; igual que entonces se luchaba contra la vida y la muerte.
Nosotros, los "Almendros" de hoy vamos a celebrar mucho esta noche de viernes.
Aunque sea diciembre: !!!!!ya hemos florecido los Almendros!!!!!!!!!!
Tengo ganas de veros y de estrujaros

22/3/17

Toda la primavera de tu magia en un 22 de marzo, Gracias Nanés.





Le voy a llamar Nanés, porque haciéndolo así, él queda rejuvenecido y yo más, que para eso soy más joven. Además en su Estella natal Nanés siempre ha sido Nanés y no Juan Andrés.
Yo sin embargo nunca he sido otra cosa distinta a como me llamaron mis padres: Juan por el abuelo materno y Andrés por el santo patrón de esta mágica ciudad que nos habita.

Al final, tengo que reconocerlo, no conocí a ninguno de los dos, ni al abuelo, ni al patrón, aunque me parezco más al primero que al segundo. Gracias a Dios.

Pero a lo que iba; una mañana me escribe Nanés y me pide permiso para musicar un poema mío que tenía esbozado en estos sitios y le doy el permiso, el abrazo, la admiración, las gracias, la alegría y si me la hubiera pedido la receta alegre de las magdalenas que hace mi prima Pilar Megias Almendros, a quien de paso etiqueto y mando besos.

Le faltaba al poema algún ajuste de métricas y embrague, un par de versos más entre la marcha atrás (con perdón) y las luces de cruce o posición.
Y le mandé el poema sin título ni miedo.

Y aquí está hecho canción;macerado en el piano de su Pablo que es hijo y patrón de los arreglos imposibles, tamizado en la voz de Juan Andrés Lanz (de Nanés, para que nos entendamos), especiado en el vídeo con unas cuantas fotos del cascarrabias de Antonio Goñi Aramendia ...

Y yo que me he quedado con la boca abierta, respirando hacia arriba, levantando la vista, paralelo de estrellas....

Dice así, a ver si os gusta:

Amanece en Estella

El río de la vida, paralelo de estrellas
Por detrás del ayer las nubes son pañuelos


Despidiendo noches y campanas.
Sólo hay una noche y su tañido.



Nos queda del castillo ese cielo
encendido.



De las piedras,
la roca como un sudor perdido
y ese saber mirar de la montaña.



Es levantar la vista hacia el sur de la vida
y ver siempre la cruz, como una marca
arañando la nada sin memoria.
arañando la nada sin memoria.



Un bostezo de plata asciende por la vida.
La luz de este día visita la contienda.
Es verdad que amanece.

Y la luz asciende.


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Los versos son míos, la magia de ellos, espero que el gusto para todos.
Hoy, como algunas mujeres, he amanecido dos veces a la vida.
Has puesto, en este 22 de marzo, toda la primavera de tu magia.
Gracias Nanés y Pablo.
Emocionado.

https://www.youtube.com/watch?v=SPW5EHfC-iE

12/3/17

LA VERDAD.

A veces yo mismo me pregunto qué es la verdad y entonces sé que la pregunta es un pájaro que vuelve cada tanto con una rama fresca en el pico. Pero el ave siempre regresa a la jaula de la sospecha, porque eso es la duda sin respuesta; una jaula con la puertas abiertas mientras afuera llueve y hace frío.

Por eso sabemos que la ignorancia tiene un calor cómodo y la mentira un nido calentito.
Pero a mí, aunque tengo vértigo, siempre me ha gustado volar sin saber de las distancias y de las alturas, cuanto más; siempre mejor.

Mi madre se reía cuando salía a rebuscar entre todas las preguntas la verdad. Yo tenía la impaciencia certera de quien sabe que la prisa se justifica desde edades tempranas y aunque no fui hiperactivo si que me comporté con insistencia.

De pequeño no buscaba razones sino explicaciones, luego el tiempo me quiso robar las primeras a cambio de las otras y no me dejé. Así me fue, aunque a ellas peor; (a las segundas).

Quizás la verdad sea ese pájaro que no vuelve a la jaula de la razón y si lo hace encuentra la puerta cerrada. No lo sé, pero os juro que tengo en mi terraza una jaula de alambre con la puerta entreabierta, el alpiste esperando y un poco de agua para la sed del vuelo.

Un vez, era invierno, vi detrás del cristal un gorrión que se iba del alpiste y el agua. Pensé en la verdad, la pregunta y la sed y me quedé mirando el aleteo, como una despedida sin recibo de entrega en la memoria....

Una música sonaba en la cocina. Desde entonces cada vez que la escucho se que en el aire de todas las verdades el vuelo de la voz de esta mujer sigue siendo verdad y la sed no le puede.
Para ti Mercedes, agradecido y volando en tu voz. Eternamente.




22/2/17

Se nos ha muerto Juan Satrústegui

Se nos ha muerto a todos, porque en él teníamos la memoria de una ciudad que dejó de existir conforme nos la fue describiendo en sus relatos costumbristas. Aquellos que aclaraban conciencias, intenciones, amores y el cariño a la palabra comprometida que nunca escondió.

El viejo Juan se ha muerto cuando iba a cumplir 98 años, un joven de esa edad que siempre fue capaz de hablarle de tú a la realeza y tratarle de usted a la conciencia.
Porque sí algo tenía este hombre era educación y esa elegancia decimonónica de un liberal en tierra comprometida. Juan le cantaba las verdades al barquero y se reía hacia fuera cuando su risa era capaz de alegrar la concurrencia. Cuando no, era un carraspeo debajo del bigote y aquellos ojos pequeños le brillaban con el carbón del ideal que siempre ardía.

Satrústegui fue anarquista enrolado a la fuerza en las tropas de Franco, socialista después, para sobrevivir en dignidades que no eran costumbre en estas tierras. Fue cronista, la voz y la gaceta, un hombre de chiquitos y grande en los abrazos. Tan grande que tuvo que subrayarse la sonrisa dos veces. Una debajo del bigote hecho paréntesis y otra tras la boina ladeada, bien plantada y serena; capaz de hacerle sombra a las mentiras.

Fue pintor y amigo de pintarle la cara a quien mintiera, poeta de brocha gorda porque su rima fue siempre la de Estella y sus piedras, porque para detalles él tenía amistades que elegía y quería.
Por eso fue mi amigo y le quería. Tenía un año más que mi padre, el mismo ideal irreverente. Era capaz de regalarle un cuadro a ese mendigo que decía a escondidas que "pa pintar así ..." pues te lo quedas. Eso lo vi yo en la casa de cultura, donde me daba la paga algún domingo.

Luego con los años me venía a la radio a saludar: "El saludo del viejo Juan" y decía lo que le daba la gana porque ya tenía esa edad en la que todo importa menos las consecuencias.
Recuerdo que una noche de viernes nos echaron a los dos del Trovador, no era de noche que era madrugada. No pagamos la entrada. Saludamos corteses al portero y nada más bajar las escaleras, a la izquierda, siempre a la izquierda, derechos a la barra: yo mi cerveza de siempre, él su rosado bien frío.

Y dice el camarero sorprendido:
-No hay rosado.
-Clarete?
-No es lo mismo?
Me mira, se atusa gravemente la boina y sin mirarme me dice:
-Vámonos.
y que nos fuimos, las tres de la mañana y a casa sin la espuela.
"Es que si no hay rosado no hay nada. !Ni vergüenza!
A dónde vamos a parar!

Y tenía razón, porque el cariño estaba en los detalles.
De entre las cosas escritas que le guardo a Capirucho nos cuenta en uno de sus primero libros, y ya termino:

"A la hora de lidiar, los toreros lanzan su brindis dirigiéndose a una persona escogida, bien una amistad, un personaje, una bella mujer o al público en general. Esta dedicatoria, este brindis, lo dirijo a toda persona que ama a todo y todos, sin fronteras, ni límites, ni colores; a todos los que se sacrifican por los demás sin ánimo de lucro y a cuantos, movidos por un ideal, son capaces de sufrir las mil fatigas, como aquellos viejos peregrinos que impulsados por la fe, convergían en la Ruta Jacobea haciendo del sendero el Camino de Europa."

Juan Satrústegui descansa convencido y querido.
Te echábamos de menos hace un tiempo, amigo, buen amigo.
*Foto del amigo Julián Ruiz Bujanda


No escribí nunca un poema a mi madre.



Una de esas cosas que hago para darle la razón a mi madre, cuando me decía riendo:
"A ti solo te interesan esas cosas que no sirven para nada"
Y la mujer tenía razón en decirlo y en reír.
La recuerdo mucho y siempre con agradecimiento y bondad.
¿Y a mí? ¿A mí cuando me vas a hacer un poema?
La pobre no sabía que el poema era yo y que aún se me caen los versos por las mejillas.
A mi madre. A Llanos.


http://www.ivoox.com/podcast-se-charcos_sq_f1226048_1.html


16/2/17

Otro Febrero.

Febrero tiene en sus dos “erres” el sonido del hierro y la amenaza. Así viene ocurriendo  en mi familia desde que puedo mantener en la memoria la cálida humedad de las lagrimas que mi madre no sorbió nunca y dejaba correr por su mejilla y la mía, entre los besos del consuelo.

Febrero es un invierno reducido, con viento, con nieve y noticias de las que no se habla más allá del cristal humedecido del recuerdo. No es cierto que la memoria nos guarde solo sonrisas y colores, calor, el sol y esa bienvenida agradecida que llamamos infancia. Eso es mentira. La memoria nos curte, nos aja, tiene en la cicatriz ese picor que el tiempo no serena y que a veces te llama desde adentro. Porque la sangre se acuerda de los tiempos, los cuenta o los descuenta según sea lo que corresponda a la vida o a la muerte.

Febrero traía telegramas azules y una firma temblada en el recibo. Un cartero con zurrón repleto de noticias de las que sólo una era la tuya, y solía ser mala. Siempre lo era. Pero eso fue al principio cuando el regazo del tiempo descontaba caricias desde arriba, y el dorso de la mano materna era un terciopelo puesto del revés, como el pañuelo húmedo y caliente que limpiaba la sangre de los niños.
Así llegaban las noticias. Febrero las traía en muy pocas palabras, porque entonces cobraban por escribir verdades y se ahorraba hasta en el sentimiento viajado.

“El padre ha muerto”.

Y todo era suficiente, porque nada bastaba. Así te ibas enterando del valor que tienen las palabras y también el silencio. A mí me lo contaron porque era muy niño y solo hay un febrero frío en todas las infancias: el mismo. El que anunció después que la tía Belén se había ido. El que puso en mi madre una prisa serena en la nieve helada de la calle, que solo le sirvió para caerse, llegar al hospital, perder la prisa, el viaje, ganarse seis puntos de sutura en la frente y en vez de regañina, esa mano arrugada sin dedales ni hilos con qué coser la pena, la distancia, el adiós y esa memoria que heredó en la casa de las mesas redondas, entre el Castillo y la Morería de todos mis agostos e infancias.  Es allí donde habita mi tiempo detenido.

Nunca viajé en febrero. Ese mes siempre me ha dejado en vía muerta, como esperando a que llegue lo que tiene que venir y siempre viene. Ese segundo mes de la esperanza nos ha dejado siempre convencidos de que la vida tiene un recorrido. De que da igual correr cuando no hay sitio para alcanzar otra cosa que ya tienes: ese miedo escondido en cada día. Da lo mismo que sean 28 o uno más, siempre es febrero.

El mismo mes que se llevó a mi padre y que tuvo la paciencia de avisar sus intenciones. Pero le salió mal. El abuelo, sereno, no se dejó engañar. Despachó con un chasquido de dedos al cura que vino a no sé qué y dijo; ¡humo!  Y el Pater se dio la media vuelta y se marchó, educado, advertido que estaba de ese descreído que era igual que yo, pero con 45 años de ventaja y que le voy comiendo. Cuando cerró la puerta Don Elías (porque ese cura tiene el Don que pongo en el respeto de todas las mayúsculas), mi padre y yo nos miramos un instante y él sonrió con esos ojos pequeños, irreverentes y rebeldes de una historia que le dio la razón de 90 febreros terminados y se fue. Sólo unos pocos días antes de terminar el mes.

Mi madre lamentó otra vez el mes y supimos que ella lo sabía antes que nadie. Mucho antes que él y que nosotros; porque una madre lo sabe sin que sepamos ni el por qué, ni el cómo, pero sí el cuándo. Siempre en febrero.

Es un odioso mes. No trae geranios, ni fines de semana compartidos, los relojes van solos, tiene vigilias; bacalao con tomate y las espinas del caldo en la sopa del viernes.
No había carnaval, ni ganas de tenerlo, bastante había con no volver a perder la compostura. En mi casa contaban que el carnaval de Almansa, el que mató la guerra, era bárbaro (esa expresión la copió mi padre de su cuñado Antonio, con quien estuvo tres años haciendo bombas entre el 36 y el 39, antes de que la fiebre les dejará a uno en Almansa y al otro en la distancia).

El carnaval de Almansa, el baile, el Principal, las Murgas, las guitarras, un amanecer de gachamigas, la matanza madura y oreando embutidos con cebolla, canelas y piñones, blancos, negros, morcillas, las guarras, lengua, perros, y ese saber mirar de la familia.

Otra vez ella: la memoria. Es a lo que estamos hechos por costumbre. Es lo que nos queda, lo que tendremos siempre, aquello a los que han echado mano los que se han ido. Porque siempre se van en una despedida gris con los pañuelos bordados  en iniciales blancas en el tacto y la mano del que está y se acuerda.

Y este año, otra vez y  una más, sólo ha esperado a jugarse una carta y contarnos a todos que tiene la baraja, la banca, los triunfos desde el as a la sota, las 10 de últimas, nos canta las 40. Y lo hace en febrero. No solo en el recuerdo.

Y se lleva con prisa y desleal a Ramón, sin una despedida, dejándonos callados, sin guitarra, sin tabaco ni abrazos, sin poder, ni dar, ni despedir, ni tener un porqué que discutir en una despedida tan cruel y tan corta en este febrero frío, otra vez viendo amanecer y esa nada infinita que nos mira. Con esas ganas de borrar los signos de puntuación de todos los poemas que has leído en invierno. Pensando que las hojas del viento son solo versos y nunca las personas que los hicieron suyos. Y no tiene febrero una música serena que te ayude. Porque febrero es el mes de todos los silencios.

Luego llegará marzo que es un viento que mueve sentimientos.

Hace unos días llegaba la noticia del ingreso de mi prima. Un tumor en el páncreas que es ese órgano escondido que ahora nos asusta. Y me dio por mantener mi odio en esta baza del juego que es el año. Hoy ha salido. Está en casa y se va a curar porque no hay mes en este calendario juliano que le pueda. Eso lo sé y lo sabemos todos: los 54 Almendros que ya hemos florecido en todos los calendarios de este mes sin rima ni misterio.

Además hace tan solo una semana ha nacido la nieta de mis primas Paquita y María Luisa, yo sé lo que me digo (Gutiérrez tú me entiendes). ¡Pastoras como yo!
En Elda lleva una semana de luz mi prima Sara, la que tiene por nombre el de la mujer de Abraham, dicen que sabia y guapa; la familia.
Enhorabuena Vero y José.

Y hoy, en este hoy de febrero, el día ha querido nacer a Yoel, el nieto de mi más que prima Pili, a quien estoy muy unido (Amable tú lo eres también, pero añadido).
Y vuelvo a tener ganas de mis primos. Gracias María e Iván. Pilar, Santiago, y esos pequeñajos tan listos que le hacen burla a febrero y al futuro.

Y yo que soy un descreído pero también sé leer, sé que algún día Yoel y Sara coincidirán en algún lugar que será nuevo, que no tendrá memoria, y no será febrero.

Y sé que alguien con quien tendré algo que ver,  les va a presentar, y que ese alguien, tendrá una sonrisa cierta, sincera y espejada como la que tenemos tú y yo ahora, que somos unos moñas.

Porque hay momentos en los que nos gusta llorar. Pero de otra manera; puñetero febrero. Entre todos y todas te hemos derrotado. Por esta vez. Hoy es un siempre.


¡Tengo familia!